martes, 1 de enero de 2013




Espero que sintieras lo agradecida que te estaba por haberme dado la oportunidad de ser sincera, y cuidarte. Aunque tú y yo sabemos que en realidad eras tú quien me cuidabas.

Te he hecho tan mía que siento que te he utilizado, y a veces no puedo evitar sentirme culpable. Pero es que esa culpabilidad es tan nuestra. 

Me has dado dos abuelitas: una sincera y digna, la otra sincera y digna. Una bella como nadie y peculiar, la otra bella como ninguna y peculiar. Una fría, frágil y orgullosa, la otra fría, frágil y orgullosa. Las dos, tan diferentes la una de la otra, tan incomprendidas y tan solas.

Recuerdo un verano que estaba en las Vertientes, contigo tomando el fresco, siendo yo pequeña, un año que pasé atormentada con la muerte. Te pregunté si tenías miedo a la muerte, tú que eras vieja y la tenías tan cerca. Me sonreíste y me dijiste con razón que eso es algo que tiene que llegar y que no pasa nada. Yo me quedé impresionada, porque eso era lo desgarrador y tú lo soltabas con tanta tranquilidad, así, como si nada, “no pasa nada”. Desde aquel año me ha acompañado la paradoja vital de no ser nada y serlo todo. De no tenernos más que a nosotros mismos y a las personas de nuestro alrededor que conforman nuestro mundo y nuestro todo tan importante, y al mismo tiempo saber que no somos nada. Yo sé que tú valorabas a la gente práctica, y yo te digo que voy a serlo, cuando encuentre los valores sobre los que apoyarme seré práctica, sabiendo qué es lo importante. Sé que en el fondo me comprendes porque tú no has sido la persona más feliz del mundo, precisamente. A mí el vacío siempre me ha hecho mucho daño. Pero contigo he empezado un nuevo proyecto de vida que creo que echa bastante luz al asunto: te he querido tanto, hasta el final y para siempre. Porque tú eres mi abuelita, hasta el final y para siempre. Quererte trasciende a las razones por las quererte, pues aún cuando ya no estás te quiero tanto. 
Saludar a tus amigas, pasear por el paseo marítimo, han sido unos de los momentos más importantes de mi vida. Me siento muy satisfecha de haber sido tan feliz con algo que visto por la mayoría resultaba un sacrificio o aburrido. Creo que voy por buen camino en esto de ser práctica. Gracias a tu luz, abuela, que me acompañará siempre. Tu reloj me dará fuerza, recordando cómo lo primero que hacías era darle cuerda. Yo también le daré cuerda e intentaré que te sientas orgullosa de mí. 

Me has enseñado a vivir, y me has enseñado a morir, que en realidad es lo mismo: te has ido el día de tu cumpleaños, yo no podría haberlo expresado mejor



1 comentario:

Juanfran dijo...

Lorena ha sido precioso.